En una frase: Podemos tener dos, tres o incluso los cinco lenguajes del amor que describe la psicología moderna, pero si practicamos el amor tal como lo define 1 Corintios 13, haremos sentir amada a cualquier persona, sin importar cuál sea su lenguaje.
¿Sabes cuál es el lenguaje del amor de Dios? ¿Cómo expresa Dios su amor hacia nosotros? Si tuviéramos que definirlo, ¿cómo lo definiríamos? Vamos a aprenderlo juntos, pero antes quiero hacer una introducción con un análisis comparativo entre los cinco lenguajes del amor que describió, en 1992, el consejero matrimonial y doctor Gary Chapman: palabras de afirmación, tiempo de calidad, regalos, actos de servicio y contacto físico. Ha sido una teoría muy útil: a muchas personas les ha ayudado a entender a otros y a mejorar sus relaciones, ya sea con amigos, novios o cónyuges.
Pero hago este énfasis primero en estos cinco lenguajes, ya conocidos humanamente, porque para mí todo fundamento que existe en esta vida —las leyes comerciales, penales, civiles, las constituciones políticas, los derechos— está, en su raíz última, fundamentado en la Palabra de Dios. Si escudriñamos la Escritura con denuedo y dedicación, encontraremos que gran parte de lo que conocemos como civilización tiene su origen ahí, porque nuestro Dios es el creador supremo, y en creatividad nadie se le compara.
Los cinco lenguajes del amor
Las palabras de afirmación son esa manera de amar en la que una persona se siente amada cuando recibe ánimo verbal, elogios, afecto y reconocimiento: un «te amo», un «lo hiciste bien», un «gracias por ayudarme». El tiempo de calidad es compartir de verdad con alguien, sin distracciones —sin el teléfono de por medio—, mirándose a los ojos y conversando de forma significativa.
Los regalos son objetos tangibles que simbolizan el afecto y el pensamiento; para quien recibe amor de esta manera, lo que importa no es el valor económico, sino el esfuerzo y el tiempo invertidos en elegir el detalle. Los actos de servicio demuestran el amor con acciones prácticas que alivian la carga del otro —cocinar, limpiar, reparar algo—, y a una persona cuyo lenguaje principal es este, de nada le sirve que le regales cosas o le digas palabras bonitas si no ve que te esfuerzas por facilitarle la vida. Y el contacto físico usa el cuerpo y el tacto como vía principal de conexión emocional: abrazos, besos, tomarse de la mano.
Aquí hay algo que vale la pena resaltar: estos lenguajes van en doble vía, y muchas veces una persona puede identificarse con dos, tres o incluso con los cinco a la vez, aunque siempre hay uno que es el pilar de los demás; si le damos los otros cuatro sin darle el principal, la persona seguirá sin sentirse plenamente amada.
Y aquí viene la advertencia que de verdad quiero que consideres: si tu lenguaje del amor son, por ejemplo, las caricias físicas, vas a tender a expresar tu amor hacia los demás de la misma manera en que a ti te gustaría recibirlo. Eso es un error silencioso que cometemos constantemente: amamos a los demás —amigos, cónyuge, hijos— desde nuestro propio lenguaje, no desde el lenguaje de ellos.
Y entonces dices: «la estoy amando con todo mi ser, le doy lo mejor de mí», y aun así la persona te reclama, te acusa, no se siente amada. Es porque le estás dando amor desde tu propio lenguaje, no desde el suyo.
Cómo nos amó Dios primero
Todo esto para llegar al lenguaje del amor de Dios, y por qué entender esto es la base de todo lo demás. Amamos a Dios porque él nos amó primero, cuando éramos —y todavía somos— inmerecedores, redimidos no por nosotros mismos, sino por él.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Juan 3:16, RVR1960
Esa fue la forma en que Dios nos dijo «te amo»: entregó su vida por nosotros para que fuéramos salvos. Y lo que él quiere de nosotros es que amemos a nuestro prójimo de la misma manera en que él nos amó —con un amor puro, sincero, que no espera nada a cambio y que lo entrega todo, incluso la vida, los unos por los otros.
La definición del amor según 1 Corintios 13
Y aquí es donde quiero traerte la definición más completa que conozco, la que el Espíritu Santo le dio al apóstol Pablo para que la escribiera a la iglesia de Corinto:
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.
1 Corintios 13:4-8, RVR1960
Si practicamos este amor tal como Pablo lo describe aquí, haremos sentir amada a la persona que tengamos enfrente —hijo, padre, hermano, cónyuge, vecino, prójimo, quien sea— sin importar cuál sea su lenguaje del amor particular. Vale la pena recorrerlo frase por frase.
El amor es sufrido. Es decir, es longánime, tardío para el enojo, profundamente paciente. Si somos pacientes con quienes tenemos al lado, y benignos, dándoles lo mejor de nosotros, difícilmente dejarán de sentirse amados.
El amor no tiene envidia. No doy esperando algo a cambio. Porque la envidia va más allá de querer lo que otro tiene: en su forma más dañina, es no querer que el otro lo tenga. Amar sin envidia es no condicionar lo que doy a que me lo devuelvan igual; y si esperamos esa reciprocidad exacta, es señal de que todavía no hemos terminado de ver revelado en nosotros el amor eterno y profundo de Dios, que ya nos amó primero, sin que fuéramos siquiera conscientes de ese amor.
No hace nada indebido, no busca lo suyo. No podemos decir que amamos a alguien y al mismo tiempo ser descorteses con esa persona, hacerle desaires o buscar únicamente nuestro propio interés.
No se irrita, no guarda rencor. Nuevamente la longanimidad: no podemos ser rápidos para la ira. Dios ha sido tan paciente con nosotros que, hace ya más de dos mil años, envió a su único Hijo para revelarnos todo lo que necesitábamos saber, cuando bien podría habernos juzgado de inmediato. Así como él ha sido tardío para destruirnos, así debemos ser nosotros con los demás; no como aquel siervo de la parábola, a quien se le perdonó una deuda enorme y que, sin embargo, no quiso perdonar la deuda mucho menor de su compañero (Mateo 18:23-35).
Tenemos que ser con los demás como nuestro Señor Jesucristo es con nosotros: como el buen samaritano, que no se detuvo a juzgar por qué aquel hombre había terminado herido en el camino, sino que simplemente lo socorrió (Lucas 10:30-37).
Me gusta pensar que ese descenso de Jerusalén —la ciudad santa— hacia Jericó, una ciudad con un pasado cargado de juicio en la Escritura, ilustra también nuestro propio descenso cuando nos alejamos de la presencia de Dios hacia el mundo; aunque reconozco que esta es una lectura que yo hago del pasaje, no algo que el texto afirme de manera explícita. Y aun en ese descenso, Dios nos sigue amando y nos rescata del camino de la perdición.
No se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. No podemos decir que amamos si toleramos la injusticia sobre la otra persona. Pensando en el lenguaje de los actos de servicio: si ves a tu esposa agobiada con la casa mientras tú solamente trabajas afuera, inténtalo tú una semana completa; ocúpate de lo que ella hace, y después hablamos.
Vayamos más allá de la empatía, hacia la compasión: no basta con ponernos en los zapatos del otro, hay que actuar.
Todo lo soporta, todo lo cree. La confianza es un regalo que nosotros entregamos, no algo que la otra persona se gana primero. Cuando alguien defrauda esa confianza, no fue que yo dejé de dártela; fuiste tú quien la perdiste. Pero igual que el Señor me ha dado oportunidades a mí, puedo seguir dándotelas —aconsejándote, orientándote hacia él— hasta que los frutos del Espíritu Santo se hagan visibles de nuevo en tu vida.
Esto conecta directamente con lo que ya dijo la Escritura sobre la fe:
Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
Hebreos 11:1, RVR1960
Pero sin fe es imposible agradar a Dios.
Hebreos 11:6, RVR1960
Y esa misma fe tiene una expresión muy concreta en el día a día:
Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo.
1 Timoteo 5:8, RVR1960
El amor nunca deja de ser. Si aplicamos este concepto de amor entre esposos, hijos y padres, te aseguro que no hay mayor lenguaje del amor que practicar la integridad de esta definición que el Espíritu Santo le reveló a Pablo.
Una pregunta que todavía estoy investigando
Quiero dejarte, para cerrar, algo que no termino de resolver y en lo que sigo trabajando: la Escritura nos manda a amar a nuestro prójimo «como a ti mismo». Pero ¿qué pasa si una persona no ha descubierto todavía el amor de Dios en ella misma, y por lo tanto no sabe amarse genuinamente?
Mi propia intuición —que quiero seguir estudiando en el idioma original— es que quizás deberíamos entenderlo más bien como «amarás a tu prójimo como Dios te ha amado a ti», porque aun cuando tú no te ames, o no reconozcas amor en tu propia vida, hay Alguien que sí te ha amado genuinamente desde antes de que fueras consciente de ello, y sin que lo merecieras.
Dios nos ama por gracia, no por mérito; y ese, más que el nuestro, es el amor que vale la pena imitar.
Decisiones con Propósito
Comparto estas reflexiones desde mi propio estudio de la Palabra y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.
Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.
