Primeros condenados

En una frase: De los ocho grupos que Apocalipsis 21:8 menciona como condenados al lago de fuego, los dos primeros no son los asesinos, los idólatras ni los hechiceros, sino los cobardes y los incrédulos; y eso debería hacernos examinar mucho más de cerca nuestra propia vida.

¿Sabías cuáles son los dos primeros grupos de condenados que menciona la Escritura? Vamos a estudiarlo juntos. Apocalipsis 21, desde el versículo 6 al 8, nos trae una revelación abrumadora.

Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.

Apocalipsis 21:6-7, RVR1960

Y entonces viene el versículo 8:

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Apocalipsis 21:8, RVR1960

Lo que me llama poderosamente la atención es el orden de esta lista. Los dos primeros grupos no son los homicidas, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los hechiceros: son los cobardes y los incrédulos. ¿Por qué hago énfasis en este orden? Porque me lleva a un pensamiento que no puedo dejar pasar: ¿estamos hablando solamente de quienes nunca se arrepintieron, de quienes jamás se apartaron de una vida de pecado para someterse a Dios? ¿O estaremos hablando también de personas que están en la iglesia, que nos llamamos cristianos e hijos de Dios, que asistimos los domingos, que tenemos una vida aparentemente dedicada al Señor?

Por el discernimiento que creo que el Espíritu Santo me permite, mi conclusión es que no se trata solamente de quienes viven alejados y en práctica continua del pecado. La cobardía define mucho más que solamente a quien nunca aceptó a Cristo, y apartarse de la fe presupone ya haber conocido la Palabra y haber intentado, al menos, seguirla. Por eso me tomé el trabajo de investigar con cuidado estas dos palabras, yendo a su raíz etimológica en el griego original del texto.

Cobardes: el temor que apaga la sal

La palabra traducida como «cobardes» proviene del griego deilois, que significa temor, timidez o falta de valor. ¿Temor a qué? A predicar el Evangelio. A dar testimonio de Cristo con nuestra vida, en público. A perder una amistad por sostener nuestra fe, o a perder un trabajo por darle a Cristo el primer lugar, o por no poder hablar de él en un entorno donde quizás eso está mal visto.

¿Qué pasa cuando, por miedo a perder un contrato, una venta o una relación afectiva, callamos el Evangelio? Cuando damos gracias por los alimentos en casa, pero no en un restaurante público, para no incomodar a nadie. Cuando alguien habla mal de nuestro Señor delante de nosotros y ni siquiera somos capaces de decir, con respeto: eso no es así, de acuerdo con la Palabra de Dios. Eso es timidez, eso es temor, y eso se traduce en cobardía.

Pero la Escritura es clara:

Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

2 Timoteo 1:7, RVR1960

Ese espíritu de cobardía no viene de Dios, y en el nombre de Jesús debe salir de nosotros, porque estamos llamados a ser sal y luz del mundo:

Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Mateo 5:13-16, RVR1960

Esta es, creo yo, la prueba de fuego real: el trabajo, el contrato, el sustento de la familia, el pago de las deudas. Ahí es donde de verdad se mide si callamos por miedo. Y esto se vuelve especialmente difícil cuando el entorno nos presiona a participar activamente —no solamente a tolerar, sino a celebrar— aquello que abiertamente contradice nuestras convicciones cristianas.

Mi posición ahí es esta: amamos a toda persona, sin excepción, porque cada una es un hijo amado de Dios, y Cristo la acepta exactamente como está. Pero Dios no te pide que estés bien para que llegues a él; te pide que llegues a él tal como estás, con la condición de que, si de verdad lo dejas entrar y enseñorearse de tu vida, habrá una transformación visible, tanto para ti como para quienes te rodean.

Amar a alguien no significa acompañarlo en cada decisión que tome; se puede amar, abrazar y estar presente sin necesidad de aprobar cada práctica. Ser sal y luz, sin que la sal pierda su sabor, es sostener esa tensión: no puedo obligar a nadie a cambiar de rumbo, pero tampoco puedo caminar a su lado en una dirección que contradice lo que creo.

Incrédulos: la fe que no se practica

La palabra traducida como «incrédulos» proviene del griego apistois, que significa falta de fe, infidelidad o rechazo. Y aquí quiero abrir un paréntesis importante: no estoy donde estoy por mi propia fortaleza, como si un día hubiera decidido simplemente portarme bien delante de Dios. Estoy aquí únicamente por la gracia del amor de Dios, que en su infinita misericordia me rescató de mi propia concupiscencia y de mi vida pecaminosa, para que hoy pueda decirte con fortaleza espiritual: ven, Cristo te ama, no demores en abrirle la puerta, porque él está presto para recibirte y darte vida eterna.

Esta falta de fe, esta infidelidad, no se limita a decir abiertamente «no quiero saber nada de Dios». También rechazamos a Dios cuando nos llega una palabra, un mensaje, un video como este, y simplemente seguimos de largo porque no nos interesa escucharlo. Hay incluso una conexión literal en la Escritura entre la incredulidad y nuestra conducta más cotidiana:

Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo.

1 Timoteo 5:8, RVR1960

Nosotros, como cabezas de nuestro hogar, somos la herramienta por medio de la cual Dios canaliza el sustento de nuestra familia; no podemos ser faltos de fe en su provisión. Y nuestro Señor fue igual de directo sobre las consecuencias de negarlo:

Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 10:33, RVR1960

Valentía bajo fuego: Sadrac, Mesac y Abed-nego

Quiero cerrar con dos testimonios del Antiguo Testamento que ilustran exactamente lo contrario a la cobardía y la incredulidad. Durante el exilio del pueblo de Israel bajo el imperio de Nabucodonosor, el rey mandó construir una estatua de oro y decretó que todos debían arrodillarse a adorarla; quien se negara sería arrojado a un horno de fuego ardiendo.

Todo Israel se arrodilló, menos Sadrac, Mesac y Abed-nego, quienes prefirieron la muerte antes que negar a su Dios. No es que no hubiera en ellos temor —probablemente lo hubo—, pero la valentía no es la ausencia de temor, sino actuar a pesar de él.

Fueron atados y lanzados al horno, y el rey, atónito, preguntó a sus consejeros si no habían arrojado a tres hombres:

Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño.

Daniel 3:25, RVR1960

Cuando los sacaron del horno, el fuego no había tenido ningún poder sobre sus cuerpos: ni su cabello se había quemado, ni sus ropas sufrieron daño alguno, ni siquiera olían a humo, mientras que los soldados que los lanzaron murieron por el calor extremo de las llamas. Le dieron a Dios el primer lugar, y él los honró.

La fe de Daniel en el foso de los leones

Algo parecido sucedió con Daniel, por envidia de otros gobernadores ante la gracia que reposaba sobre él. Lo engañaron para convencer al rey de decretar que, durante treinta días, nadie podía orar a ningún dios que no fuera el rey mismo, sabiendo que Daniel oraba tres veces al día a nuestro Padre celestial.

Daniel, aun sabiendo cuál sería la consecuencia, no dejó de orar, y fue arrojado al foso de los leones. Prefirió enfrentar a los leones antes que interrumpir, por miedo, su comunión con Dios. Y Dios no lo dejó solo: cerró la boca de los leones, y Daniel salió ileso al día siguiente.

Ninguno de los tres jóvenes del horno, ni Daniel en el foso, actuaron con cobardía ni con incredulidad. Por eso, hermanos en la fe, hagamos una autoevaluación honesta: ¿estamos manifestando cobardía, falta de valor, infidelidad o rechazo hacia Dios —con nuestra pareja, con un amigo, en nuestro trabajo o en nuestro sustento económico, que sé que son las áreas donde más nos cuesta sostenernos?

Si tú lo honras a él, él te honrará.


Decisiones con Propósito

Comparto estas reflexiones desde mi propio estudio de la Palabra y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.

Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.

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