¿Castiga Dios, o estamos viviendo las consecuencias de nuestras propias decisiones?

Una reflexión sobre el infierno, la disciplina de Dios y por qué las cosas buenas y malas nos alcanzan a todos, creamos o no en él.

El infierno no fue creado para el ser humano, y Dios no se sienta a repartir castigos uno por uno; lo que llamamos «castigo» es, casi siempre, la consecuencia natural de un diseño que Él ya estableció, y que se cumple para todos por igual, creamos o no en Él.

A lo largo de mi caminar con el Señor, y de lo que Él me ha permitido experimentar de su presencia y de su Palabra, he llegado a una conclusión que me parece necesario compartir contigo: el infierno no fue creado pensando en que tú y yo fuéramos a parar allí. Entonces, ¿para qué lo creó? Lo creó por la rebelión de Satanás y de los ángeles caídos.

Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.

Mateo 25:41, RVR1960

¿Y cómo es posible que ellos hayan sido condenados sin que les alcanzara el sacrificio de amor que nuestro Padre celestial hizo a través de su Hijo? Mi propia reflexión —que comparto como tal, no como una doctrina cerrada— es que los ángeles no nacieron: fueron creados por Dios con un entendimiento vasto y pleno de la verdad. Estaban frente al trono, contemplando su gloria y su poder, y aun así decidieron pecar y apartarse de la obediencia. No había, en su caso, ningún sesgo de desconocimiento, ningún engaño que pudiera explicar su rebelión estando en la presencia misma de Dios. La Escritura no desarrolla con detalle esta pregunta, pero sí señala que la obra redentora de Cristo se dirigió a los descendientes de Abraham, no a los ángeles:

Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham.

Hebreos 2:16, RVR1960

Dios no es un Dios de castigo

Más allá de esto, hay algo que el Espíritu Santo me ha permitido comprender por discernimiento, y que considero fundamental: Dios no es un Dios de castigo; Dios es un Dios de amor. Entonces, ¿por qué, si no le hago caso, pareciera que Él me castiga? No, Él no te castiga. Él es perfecto, y en Él no hay sombra de variación:

Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?

Números 23:19, RVR1960

Él creó todas las cosas, y al crearlas estableció un diseño que nosotros, con nuestra capacidad limitada, no siempre alcanzamos a comprender del todo. Hoy la ciencia ha avanzado lo suficiente para estudiar el universo y el cuerpo humano, y lo que encontramos es el poder de creación de nuestro Padre: ningún avance tecnológico crea algo genuinamente nuevo de la nada; lo que hacemos es transformar o reinterpretar lo que ya existe. Ese poder —crear algo de la nada— le pertenece únicamente a Él.


Leyes que Dios diseñó, no excepciones que Él otorga

Desde la primaria aprendimos que existen la ley de la gravedad, la aerodinámica, la física, la química. El petróleo, por su composición química, produce fuego al contacto con una llama; el agua y el aceite, por su estructura molecular, no se mezclan. Dios no está ahí interviniendo verso a verso, decidiendo que a Juan o a Juliana no se les junte el agua con el aceite: simplemente así fue diseñado.

Y lo mismo ocurre, me parece, con buena parte de lo que llamamos «cosas malas que les pasan a personas buenas»: el enemigo, que ya está condenado, trabaja principalmente con dos herramientas —hacerse pasar por inexistente, o hacerse pasar por una verdad falsa— y busca, junto con nuestra propia naturaleza inclinada hacia la carne, que reunamos por nuestra cuenta los méritos de la condenación que él ya se ganó.

La salvación no se gana, es por gracia; pero sí podemos acumular, por rebeldía y por practicar conscientemente lo que ya sabemos que está mal, las consecuencias de nuestras propias decisiones. La Escritura lo resume con una claridad que no deja espacio a dudas:

No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Gálatas 6:7, RVR1960

¿Por qué prospera quien no cree?

Esto, de manera inversa, también explica algo que a muchos les genera confusión. Una persona que no practica ninguna fe —puede ser agnóstica o atea por completo— pero que aplica principios de disciplina, trabajo arduo, orden y buenas decisiones, prosperará.

Y surge la pregunta: pero si esa persona ni siquiera diezma, y hasta es mezquina con sus propios padres, ¿qué pasa con ella? Cumple, por un lado, un conjunto de principios que le dan acceso a la prosperidad económica, aunque no ame a Dios ni trate bien a su prójimo, porque Dios no es hombre para mentir: dejó establecido un diseño por el cual quien cumple cierto principio accede a lo que ese principio ofrece, igual que quebrantar otro principio trae sus propias consecuencias.

¿Está Dios, en ese momento, tomándose el tiempo de decir «este está pecando, voy a castigarlo»? No, para nada. Al contrario: Dios manda a sus ángeles, nuestro Señor Jesucristo intercede por nosotros, y su Espíritu Santo nos habla constantemente, nos pone personas en el camino, porque está viendo hacia dónde nos conduce la dirección que tomamos —un camino de muerte cuando estamos apartados de Él.

No castiga a nadie: muchas veces, lo que vivimos son consecuencias de nuestra propia falta de entendimiento y de obediencia.


Disciplina, no castigo

Y aquí quiero añadir una distinción que me parece importante, porque la Escritura sí le atribuye a Dios un papel activo en nuestra formación, aunque de una naturaleza distinta a la del castigo. La carta a los Hebreos no describe a un Dios indiferente que simplemente observa cómo cosechamos lo que sembramos, sino a un Padre que disciplina activamente a sus hijos —no para condenarlos, sino para formarlos:

Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo… Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Hebreos 12:6, 11, RVR1960

Me parece que esta es, en el fondo, la misma verdad que quiero transmitirte, solo que con una palabra distinta: Dios no castiga con una intención punitiva —esa condena ya la llevó Cristo en la cruz por quienes creemos en Él—, pero sí disciplina, como cualquier buen padre disciplina a un hijo que ama, para que participemos de su santidad y no para destruirnos.


El príncipe de este mundo

Por último, quiero cerrar con la pregunta que dejé suspendida: ¿por qué les pasan cosas malas a las personas buenas? La razón, creo yo, es sencilla: cuando vivimos en la rectitud de Dios, en obediencia y apartados para Él, este mundo no lo soporta, porque no fue diseñado para eso. Este mundo fue entregado, a causa del pecado del hombre, en manos de aquel a quien la Escritura misma llama su príncipe:

Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera.

Juan 12:31, RVR1960

Todo lo que ese sistema ofrece está construido para mantenernos contentos, distraídos de la verdad, hasta que el tiempo se acabe. Por eso muchas veces es más difícil, para quien vive conforme a los principios de Dios, prosperar en los mismos términos en los que prospera el mundo: ir contra ese sistema tiene un costo, porque contradice el objetivo de quien hoy lo gobierna.

Para terminar: buena parte de lo que hoy vives no es un castigo de Dios. Haz un inventario honesto —de tus pensamientos, tus acciones, tus palabras— y vas a encontrar que seguir haciendo siempre lo mismo te dará siempre el mismo resultado. Hay cosas que debes seguir haciendo, y cosas que debes dejar de hacer, para acceder de manera íntegra —no parcial— a la protección y la bendición de Dios, que están al servicio de lo que de verdad importa: la salvación de nuestra alma.


Decisiones con Propósito

Comparto estas reflexiones desde mi propio estudio de la Palabra y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.

Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.

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