¿Acaso somos más buenos que Dios?

Sobre el amor que nos distingue como discípulos, los límites que Dios mismo estableció para su gracia, y por qué ayudar sin sabiduría puede terminar hundiendo a quien queremos levantar.

El amor es el fundamento que nos distingue como hijos de Dios, pero incluso el amor y la gracia de nuestro Padre operan dentro de límites que Él mismo diseñó; querer ayudar sin esos límites no es más bondad que la de Dios, es compasión sin propósito.

La Palabra nos enseña que así podremos reconocernos y mostrarnos como verdaderos hijos de Dios, discípulos de nuestro Señor Jesucristo: que nos amemos los unos a los otros. El apóstol Pedro añade algo que conviene tomar con seriedad, porque no es una frase decorativa:

Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados.

1 Pedro 4:8, RVR1960

A eso se suma orar los unos por los otros, amar a nuestros enemigos, orar por ellos y hacerles el bien. Eso no es una exageración piadosa: es el fundamento del evangelio de nuestro Señor Jesucristo en nuestras vidas, la manera en que nos distinguimos del resto del mundo. Para poder ser llamados hijos de Dios, discípulos de nuestro Señor Jesucristo, el amor tiene que prevalecer en nosotros, porque tres cosas permanecen al final: la fe, la esperanza y el amor.

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

1 Corintios 13:13, RVR1960

Porque sin amor, aunque profeticemos, aunque hablemos en lenguas humanas y angélicas, no somos nada más que ruido:

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.

1 Corintios 13:1, RVR1960

El fundamento de todo es el amor. Pero, ¿qué clase de amor conocemos de parte de nuestro Señor y Salvador Jesucristo? ¿Solamente ese amor que todo el tiempo te da la mano, te apoya, te dice que todo está bien, que sigas cometiendo tus errores porque Él está ahí? Sí, es así. Pero dentro de ese maravilloso, espléndido e interminable amor que Dios nos da, también tenemos que aprender, porque hay un periodo de gracia dentro de este periodo de gracia para cada uno de nosotros.


El periodo de gracia dentro del periodo de gracia

Todos vivimos dentro de un periodo general de gracia, que se extiende hasta que nuestro Señor Jesucristo venga por su Iglesia. Pero hay también otro periodo, más personal, más íntimo: aquel que se nos va terminando a cada uno cuando cae sobre nosotros una enfermedad terminal, cuando estamos al borde de la muerte, y que por el amor infinito de Dios se convierte, para muchos, en la última oportunidad de arrepentirse, aunque sea al final de todo.

Y así como existe esa puerta de misericordia hasta el último instante, también existe el momento en que ese periodo de gracia se cierra definitivamente para cada uno de nosotros, después de miles de oportunidades de amor que Dios ya nos dio.

¿Y por qué le hago toda esta introducción a un video que se titula «¿Acaso somos más buenos que Dios?»? Porque quiero que entiendas que el amor de Dios, siendo perfecto e interminable, no es un amor sin estructura. Tiene un diseño. Y si el amor de Dios mismo tiene límites que Él estableció con sabiduría, ¿cómo pretendemos nosotros, sus hijos, ejercer un amor y una compasión que no reconozcan ningún límite?


Engañoso es el corazón del hombre

El apóstol Pablo también enseña algo que conviene no pasar por alto: aquel que no trabaje, que no coma.

Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.

2 Tesalonicenses 3:10, RVR1960

Esto tiene una referencia histórica concreta: los apóstoles vivieron en la Iglesia primitiva un momento en el que, aun cuando el deseo de amarse los unos a los otros buscaba que todos estuvieran bien, que no hubiese necesidad en ninguno, que no hubiese gente rica y gente miserablemente pobre, se dieron cuenta de algo que ya la Escritura había advertido mucho antes, en el libro de Jeremías:

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?

Jeremías 17:9, RVR1960

¿Quién lo podrá conocer, más que nuestro Señor y Salvador, Padre Celestial, Yahvéh, el gran Yo Soy? Por eso la Palabra nos llama a guardar nuestro corazón sobre toda cosa guardada, porque de él emana la vida:

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.

Proverbios 4:23, RVR1960

Dependiendo de lo que hay en nuestro corazón, así seremos aceptados o desaprobados por nuestro Padre Celestial, el juez justo que tenemos, que es a la vez un Padre amoroso. Por eso, en el Antiguo Testamento, el diezmo que recaudaban los levitas debía tener en cuenta si había huérfanos o viudas que necesitaran de esa ayuda; era parte del trabajo que ellos tenían que hacer (cf. Deuteronomio 14:28-29).

Pero en el Nuevo Testamento se hace una aclaración importante, en la carta a Timoteo, sobre cuáles son las características que debían cumplir esas viudas para recibir esa ayuda, y qué pasaba si tenían un familiar que pudiera hacerse cargo de ellas:

Si algún creyente o alguna creyente tiene viudas, que las mantenga, y no sea gravada la iglesia, a fin de que haya lo suficiente para las que en verdad son viudas.

1 Timoteo 5:16, RVR1960

Históricamente vemos, entonces, que era necesario establecer los límites de hasta dónde llega ese amor compasivo que quiere hacer el bien a las demás personas. Y ese amor compasivo llega hasta donde haya una verdadera incapacidad en nuestro prójimo.


Los límites del amor compasivo

Esa incapacidad no tiene que ser necesariamente la de una persona anciana que no se puede valer por sí misma, o la de un niño que no puede sustentar su propia vida. Puede ser también la de una persona joven, hombre o mujer, que atraviesa una situación tan precaria y tan catastrófica que, por amor, compasión y bondad de nuestro corazón, merece que le tendamos la mano.

Pero es aquí donde conviene recordar el adagio popular: debemos ayudar a que la persona aprenda a pescar, a superar sus propias dificultades, y no simplemente regalarle el pescado, porque de otra manera la estoy invitando a depender por completo de la ayuda que yo, o quien se la esté brindando, le pueda dar.

Y no todo el tiempo vamos a poder ayudar a la otra persona. Si no tenemos cuidado, podemos caer en la práctica de aplicar lo que llamo compasión sin propósito —un principio que desarrollé con más detalle en mi video sobre los principios financieros—, porque la compasión con propósito es aquella que mueve mi corazón no solamente a entender la situación del otro, sino a ayudarle a superar el problema que tiene con el propósito de que esa persona eche raíces propias y empiece a generar frutos para sí misma, y ojalá también para quienes la rodean.

No puedo subsidiar constantemente a alguien que no quiere superarse, que no quiere tomar la herramienta que se le está brindando para echar esas raíces y generar sus propios frutos. Porque entonces, sin darme cuenta, en lugar de ser edificador del reino —creyéndome más bueno que Dios— termino siendo piedra de tropiezo para esa persona: no le abro los ojos para que entienda, no le muestro el camino que debe recorrer, ni le ayudo a conseguir las herramientas con las que va a edificar su propia vida, sino que le ayudo a cavar el pozo del cual nunca va a salir, cada día más hundida.


No somos más buenos que Dios

Dios estableció principios tan claros que, cuando los aplicamos, accedemos a las llaves del reino; y cuando no los aplicamos, accedemos por el contrario a las consecuencias adversas que el romper esos principios nos trae. Y aun siendo Dios más bueno que cualquiera de nosotros, cuando dijo «si comieres de ese árbol prohibido, ciertamente morirás», no actuó de manera inmediata contra Adán y Eva:

Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

Génesis 2:17, RVR1960

Dios no fue inmisericorde con ellos. Les dio la oportunidad, como se la da a cada uno de nosotros, de alcanzar gracia por medio de la obediencia, la rectitud y la verdad sobre sus vidas. Entonces, ¿qué sucede cuando nosotros nos creemos más buenos que Dios? Nos estamos entrometiendo en el plan eterno que Él tiene para cada uno de nosotros y para nuestros hermanos en Cristo Jesús.

Porque solo Dios es realmente bueno: un Dios santo, tres veces santo, verdadero y justo, que aun siendo perfecto en sus cualidades, aplica sus principios y sus estándares de tal manera que nos edifica y nos ayuda a alcanzar la vida eterna, la salvación, la prosperidad, la salud y la vida integral en Cristo que debemos tener.

No somos más buenos que Dios cuando intentamos solucionarle la vida a alguien a quien ya le mostramos el camino, a quien ya le dimos la mano, y que simplemente no lo quiere, no lo acepta, y hasta se vuelve ingrato para seguir instalado en su zona de confort. A veces lo más amoroso que podemos hacer es retirar ese apoyo, porque de hambre nadie se deja morir, y es entonces cuando la persona empieza, por fin, a buscar un nuevo camino.

Es la misma enseñanza que recoge el libro La vaca, de Camilo Cruz: cada uno de nosotros crea, sin darse cuenta, su propia vaca, y hasta que esa vaca no sea sacrificada no llegamos a ver lo que hay más allá de las oportunidades que la vida nos ofrece. Mientras tanto, seguimos conformándonos con la leche que esa vaca produce, esclavizados en una vida de miseria y de pobreza no por falta de oportunidades, sino por la vaca que nosotros mismos decidimos seguir alimentando.


Decisiones con Propósito

Comparto estas reflexiones desde mi propio estudio de la Palabra y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.

Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.

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