En una frase: Dios perdona generosamente al que se arrepiente por ignorancia genuina, pero no cubre la decisión consciente de no querer saber para no tener que responder.
Quiero hablarles hoy de algo que llevo tiempo masticando: el desconocimiento, o mejor dicho, la disposición a desconocer.
Esa que asumimos creyendo que nos exonera de la responsabilidad con nuestra vida espiritual y con nuestra vida física.
Y quiero empezar por donde empiezo siempre: por la gracia.
La gracia que se renueva
La gracia de Dios se renueva.
La Palabra lo confirma en el libro de Lamentaciones:
“Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” Lamentaciones 3:22-23
Dios, diariamente, le da al ser humano una gracia nueva, renovada.
Y entonces surge la pregunta que quiero que nos hagamos hoy:
Si pecamos contra Dios, y muchas veces no solo pecamos, sino que practicamos algo más allá del pecado —la iniquidad—, ¿por qué esa gracia sigue alcanzándonos?
Pecado, iniquidad y rebelión: tres cosas distintas
Déjenme separar los conceptos, porque no son lo mismo.
El pecado es una cosa.
La iniquidad es otra: es aquella conducta pecaminosa consciente, la de quien sabe que está pecando porque conoce la verdad, y aun así sigue pecando.
Y hay un tercer concepto que vale la pena nombrar junto a estos dos, porque la Escritura misma los pone juntos: la rebelión.
Cuando Dios describe su propio carácter, dice que es quien:
“perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” Éxodo 34:7
Tres cosas distintas, tres grados distintos de responsabilidad frente a la misma verdad.
Misericordia con consecuencia
Ahora bien: si te arrepientes de haber pecado de manera consciente contra Dios, Dios es misericordioso, es amoroso para perdonarte y para restituirte.
Eso no quiere decir que no hayas vivido las consecuencias, o que no las llegues a vivir.
No siempre esas consecuencias son las más crueles; creo que muchas veces están basadas en misericordia, porque al final del día no te matan, dependiendo de lo que esté en tu corazón.
Esto es un pensamiento mucho más profundo de lo que superficialmente podemos ver.
Y está directamente relacionado con entender por qué Dios no perdonó a Lucifer y a los ángeles caídos.
Por qué el acto consumado en la cruz de nuestro Señor Jesucristo no alcanzó para cubrir la restitución de los ángeles caídos, de Lucifer y de todos los principados que cayeron con él.
Y por qué a nosotros sí.
La disposición a desconocer
Aquí está la clave, y quiero que la vean con cuidado:
Hay personas conscientes de que existe una verdad —porque la han escuchado— pero que igual intentan no oírla, y mucho menos investigarla, y sobre todo, cuando les están hablando de ella, se van.
Porque de alguna manera, consciente o inconsciente, practican esa misma iniquidad, pero desde otra orilla:
“Si no sé, no soy responsable”.
Como no sé, como no leo, como no voy a la iglesia, como no escucho, como no me entrego, entonces no se me puede reclamar aquello que yo no sabía.
Pero ese conocimiento —o mejor dicho, ese desconocimiento— está equivocado, porque las personas se basan en “mejor no sé” para no tener que responder.
Mejor no investigo, mejor no acepto el conocimiento.
Ya ahí hay una disposición a evitar el entendimiento, porque creen que así podrán vivir como aquel que, genuina e innatamente, desconoce.
Pero no funciona de esa manera.
El caso de Lucifer: por qué él no fue restituido
¿Por qué no funciona así?
Miren el caso de Lucifer.
Él y sus ángeles no fueron restituidos porque ellos no nacieron con falta de entendimiento.
No solamente tenían un conocimiento profundo y real sobre la verdad del universo y de la creación, sino que además estaban frente a la gloria del Creador, donde podían ver con amplitud casi total —por no decir total— todos los secretos más profundos: científicos, físicos, químicos, matemáticos.
Y lo sabemos porque tanto Ezequiel como Isaías nos hablan de esto.
“el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura”, el “querubín grande, protector”, puesto por Dios “en el santo monte de Dios” Ezequiel 28:12-14
Era el más inteligente, el más poderoso después de Dios, el que resguardaba la gloria de Dios cerca de la gloria de Dios.
Y era tal su esplendor, su belleza y su conocimiento, que eso fue lo que lo llevó a decir en su corazón que podía llegar al trono y ser semejante a Dios, poner un trono sobre el trono del Señor.
“Subiré al cielo… seré semejante al Altísimo” Isaías 14:13-14
Una precisión importante:
En su sentido literal, esos dos pasajes están dirigidos a reyes humanos, el de Tiro y el de Babilonia.
Es la tradición cristiana, desde hace siglos, la que los ha leído también como la caída de Lucifer, por la desproporción evidente entre lo que se describe y cualquier rey de este mundo.
Se los cuento así, tal como es, porque no quiero enseñarles una cosa como si fuera un hecho literal cuando en realidad es una interpretación, aunque sea una interpretación que sostengo y que comparto.
Entonces, al no haber en ellos ningún tipo de desconocimiento, al conocer toda la verdad, tuvieron el libre albedrío de elegir, con entendimiento total, qué camino llevar.
Y por eso en ellos no hay restitución: porque no hay desconocimiento.
Lo que sí nos alcanza — y lo que no
¿Y para qué sí nos alcanza a nosotros el desconocimiento?
Nos alcanza para poder decir:
He escuchado que existe un Dios, he escuchado que existe una verdad, he escuchado las predicaciones, y debo arrepentirme.
¿De qué debo arrepentirme?
De lo que, en desconocimiento, estoy haciendo mal, para entonces sí caminar sobre esa verdad.
Pero no nos alcanza para decir:
Por desconocimiento, por falta de interés en conocer, o por negarme a ir a buscar ese conocimiento, quedo exonerado.
Porque la verdad no funciona de esa manera.
Las leyes y los principios siguen vigentes aún cuando nosotros no sepamos que los estamos quebrantando, y eso nos hace responsables tanto de la bendición como de la maldición que cae sobre nosotros, por incumplirlos o por cumplirlos.
Incluso un ateo, alguien que niega la existencia del Señor, recibe bendiciones y queda sujeto a esos principios aunque no los conecte ni los acepte, porque son principios establecidos por el Padre y creador de todo: el cielo, la tierra y el universo.
“lo que de Dios se conoce les es manifiesto… las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo… de modo que no tienen excusa” Romanos 1:19-20
La Biblia, fundamento de todo conocimiento
Se los dejo ahí.
Esta enseñanza se basa, en el fondo, en un solo versículo del libro de Oseas:
“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” Oseas 4:6
Y quiero cerrar diciéndoles algo que para mí es central: el conocimiento bíblico es la base de todo conocimiento filosófico, político, legal, de todo tipo.
Si lo analizamos con cuidado, todo se desprende de la Biblia.
Porque la Biblia es el libro más antiguo, escrito por el Padre de toda ciencia, todo conocimiento y toda sabiduría —nuestro Padre celestial—, inspirándolo en los hombres que lo escribieron por medio de su Santo Espíritu.
Ahí está, en temas profundos y misteriosos, todo el conocimiento entregado al hombre a través de la Biblia.
El conocimiento sobre la ciencia, sobre el cuerpo, sobre el alma, sobre el espíritu, sobre el universo, está escrito ahí, y sigue vigente por el Espíritu Santo de Dios, porque nuestro Dios es un Dios vivo, no un Dios muerto: vivo, glorioso, eterno y para siempre.
Conocimiento para decidir, integridad para actuar y propósito para trascender.
Amén.
