¿Te has pasado la vida buscando la respuesta de una pregunta que ni siquiera conoces?

Un testimonio personal sobre identidad, el señorío de Cristo y el vacío que nada de este mundo puede llenar.

¿Sabías que como seres humanos nos pasamos la mayor parte de la vida buscando la respuesta de una pregunta que ni siquiera conocemos?

Este fin de semana fue revelador para mí en ese sentido. Tuve la oportunidad de ver en cine una película cristiana llamada Él me llama su hija (He Calls Me Daughter). Antes de verla, alguien que la recomendaba insistía en que primero debía ver otra: Muéstrame al Padre, de los hermanos Kendrick, que en su momento encontré disponible en Amazon Prime.

Si tienes oportunidad, te las recomiendo las dos —aunque, como con cualquier plataforma, te sugiero confirmar dónde están disponibles hoy, porque eso cambia con el tiempo.

Fue hermoso entender, viendo esa historia, cómo se profundiza el primer principio del que hablé en un video anterior: que la falta de dinero no es, en el fondo, el problema.

Y no lo es, porque todos tenemos las mismas veinticuatro horas de oportunidad, aun en nuestras circunstancias más fáciles o más difíciles. El asunto es qué hacemos con esas veinticuatro horas —descontando las ocho que necesitamos para dormir.

Pero esto que quiero compartirte hoy va todavía más profundo, porque es una manera de ahondar en ese mismo principio, quizás el más importante de todos para mí.

Esta pregunta que te acabo de plantear la he venido masticando e interiorizando desde hace muchos años. Y volvió a mi mente con una claridad distinta cuando, la misma noche, terminé de ver otra película, esta en Netflix: Jesus Revolution.

El enemigo conoce la pregunta que tú no conoces

Ver esa historia me hizo pensar en algo que ya he compartido antes en este espacio: que esa misma revolución hippie fue, en su raíz, una maquinación del enemigo para mostrarnos una luz falsa, porque el enemigo es un imitador de todo lo de Dios.

Él conoce la pregunta que tú no conoces

Él conoce la pregunta que tú no conoces, y te ofrece la respuesta más parecida a esa pregunta —pero no la verdadera, porque la única respuesta verdadera se llama Cristo Jesús.

Cristo Jesús nos conduce, nos enseña, nos muestra al Padre y nos hace nuevas personas, nacidas del agua y del Espíritu.

Todo lo que esté por fuera de eso es la falsa luz: Satanás disfrazado de ángel de luz, con voz angelical y presencia que parece celestial, cuando detrás de todo eso hay pura oscuridad.

Ya lo desarrollé con más detalle en el artículo anterior de este blog, a propósito de 2 Corintios 11, y es exactamente el mismo principio que veo aquí: es imposible cuidarnos de ese disfraz sin el Espíritu Santo de Dios, y para que el Espíritu esté en nosotros primero tenemos que recibir a Cristo, quien por medio de su encarnación, muerte y resurrección rompió el velo y nos dio acceso directo a él.

Hay algo que escuché en esa película y que ya sabía, pero que no había terminado de interiorizar hasta ese momento: que quienes terminan en las drogas, el alcohol o cualquier forma de destrucción no nacieron, en su esencia, con esa maldad como su totalidad —porque no hay verdad absoluta fuera de Dios; todo lo demás son verdades relativas, y por eso debemos confiar en el Señor, que conoce la verdad completa, mientras nosotros solamente conocemos porciones de ella.

Cuerpo, alma y espíritu: entendiendo quiénes somos

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.”
Génesis 2:7, RVR1960

Esa vasija de barro que somos estaba muerta, sin vida, hasta que Dios sopló sobre ella su aliento.

Y ese soplo es lo que me permite entender algo que a mí me ha ayudado enormemente a comprenderme a mí mismo: en nosotros hay cuerpo, alma y espíritu, y los tres no son lo mismo.

El cuerpo busca satisfacer sus propias necesidades y se mueve por instinto.

El alma es la conciencia, la memoria, las emociones: es la que se alegra, se entristece, ríe y llora.

El espíritu es ese soplo de vida que viene de Dios, que busca su propio origen —la raíz de donde provino— y que es, en última instancia, lo que le da vida a la carne.

Cuando ese sello se rompe, el cuerpo da su último suspiro.

Entiendo que esta manera de explicar la naturaleza humana en tres partes —cuerpo, alma y espíritu— es una postura entre varias que existen dentro de la reflexión cristiana sobre quiénes somos; otras tradiciones prefieren hablar de dos dimensiones, material e inmaterial, sin separar tan claramente alma y espíritu.

No la comparto aquí como la única lectura posible, sino como la que a mí me ha ayudado a entender mi propia experiencia con Dios.

La carne, precisamente porque es materia prima de este mundo, es naturalmente propensa a buscar aquello de lo que está hecha, y por eso es contraria al espíritu.

El espíritu, en cambio, busca su origen: a Dios mismo.

Con esto en mente llegué a la pregunta que le da título a esta reflexión: ¿nos pasamos la vida buscando la respuesta de una pregunta que no conocemos?

Y creo que sí, porque empezamos buscando el amor en las parejas, en los amigos; muchos pasamos por el alcohol, las drogas, los excesos, las fiestas, y vamos viviendo desenfrenadamente siendo una cosa y luego otra.

Solamente cuando encontramos a Cristo Jesús, y el Espíritu Santo lo revela a nuestro espíritu —que es muy distinto a solamente conocerlo por referencia—, descubrimos cuál era la pregunta que no conocíamos, y automáticamente aparece la respuesta, que ya la teníamos.

La pregunta siempre ha sido

Padre, ¿dónde estás?

¿Es cierto que me amas, o eres ese Dios distante que muchas veces nos enseñan —a veces sin intención— desde la liturgia y la cultura religiosa en la que crecemos?

La pregunta y la respuesta son una misma: Dios Padre, hijo y espíritu santo.

Sé que es así porque la mayor parte de mi vida, hasta mis veintitantos años, fui católico —hasta el punto de casarme y confirmarme en la iglesia católica—, pero no conocía a Dios.

A los dieciséis años empezó a revelárseme: me dio hambre de su Palabra, y la leí por primera vez en la versión Reina Valera 1960, un poco difícil de entender para un adolescente.

Hoy entiendo que fue el Espíritu Santo quien me guiaba, porque de alguna manera la comprendía —no con madurez espiritual, pero los mensajes me llegaban.

A mis veinte años, aproximadamente, volví a arrodillarme y le dije al Señor algo distinto a lo que había dicho antes: ya no era “si tú existes”, porque sabía que existía; era “necesito conocerte, que me rescates, porque ya no puedo más”.

Para entonces ya había pasado por tres episodios de pensamientos e intentos de suicidio, y viví con esa sombra durante años —hasta hace apenas seis o siete, todavía la sentía rondar en algunos momentos.

En ese punto de mi vida volví a tomar la Palabra de Dios y a leerla, y mi vida se transformó.

Oré por tantas cosas, sentí tanto su presencia, entendí tanto su Palabra, pero todavía, en ese momento, no había interiorizado al Cristo revelado.

Vivía superficialmente de lo que había sentido y experimentado, sin haberlo dejado impregnar todavía en mi alma, en mi mente, en mi corazón y en todo mi ser.

Lo comparto porque he escuchado a muchas personas decir cosas como “es que la conversión se tiene que sentir, necesito pruebas, necesito convicción” —y no digo que eso no sea cierto, porque en efecto viene del Espíritu Santo.

Lo que quiero decirte, desde mi propia experiencia, es que sentir su presencia y caminar con él es un primer paso real, pero no basta con quedarnos ahí.

Es necesario —definitivo y necesario— recibirlo, aceptarlo, dejar que se enseñoree de nuestra vida, ir con la disposición de que sea él quien gobierne y domine nuestras decisiones, mientras su Espíritu Santo es tu guía, tu luz, tu consolador, tu todo.

Y para eso hace falta el conocimiento de la Palabra, porque la Palabra es Cristo Jesús, y con esa materia prima el Espíritu Santo trabaja en ti para revelarte tu esencia, tu propósito, cimentarte y fortalecerte.

Esto conecta directamente con algo que ya desarrollé en el artículo anterior de este blog sobre si Cristo está dentro o fuera de nosotros: hay una diferencia real entre confesarlo y dejar que enseñoree cada área de la vida.

Lo que heredamos sin darnos cuenta

Cuando reviso todo esto en retrospectiva, entiendo que buena parte de los excesos que vemos —la obsesión con conquistar, la infidelidad, el alcohol, las drogas— tienen una misma raíz: la falta de conocimiento.

Nuestro Señor nos guarda y nos protege siempre, pero cuando ese conocimiento no llega, el ser humano puede perecer en esa ausencia.

Y aquí quiero compartir algo que, para mí, ha sido igual de revelador: mucho de lo que arrastramos no nació con nosotros.

Lo que vimos hacer o escuchamos en nuestros padres, y lo que ellos a su vez heredaron de los suyos, se convierte en una cultura que reproducimos sin darnos cuenta, sumada a lo nuevo que nosotros mismos vamos añadiendo.

Lo digo también desde mi propia historia: soy huérfano de madre desde mi nacimiento —algo que ya conté con más detalle en el segundo artículo de este blog—, y aquella pérdida golpeó las emociones de toda mi casa.

Yo era el recién nacido; mi hermana mayor tenía doce años, y somos cinco hermanos en total.

Mi padre quedó viudo con cinco hijos, y hay que reconocerle que no salió corriendo, como muchos lo habrían hecho. Se quedó.

Cometió errores, seguramente lidiando con su propio dolor y con las bases que tampoco le construyeron bien a él sus propios padres.

Por eso no creo que tengamos derecho a juzgar ni a señalar a nuestros padres, ni a nadie: nuestro entendimiento de lo que cada quien cargó es limitado.

Comparto esta reflexión —que entiendo como una convicción pastoral personal, no como una doctrina cerrada sobre la que exista consenso entre todos los cristianos— porque creo que nuestros padres estaban llamados a ser la primera imagen viva y tangible del amor de Dios en nuestra vida.

Y cuando ellos mismos cargan una identidad distorsionada, sin saberlo, terminan transmitiendo esa misma distorsión.

Perdemos así el punto de referencia, el ancla para reconocer el amor eterno, fiel y cercano de nuestro Padre celestial.

Pero aquí hay algo importante que también quiero dejarte: aunque no fue tu responsabilidad cargar con las batallas que tus antepasados no pelearon, si no las enfrentas, seguirán ahí.

Quien nace en una familia que no ha vencido la pobreza, y logra vencerla, libera a la siguiente generación de tener que dar esa misma pelea; a ella le corresponderá la batalla que sí quedó pendiente, o ninguna, si ya todo quedó resuelto.

A todos, sin excepción, nos toca dar la buena batalla de la fe hasta el final, como dice la Palabra.

Da el giro ciego

Si todavía no conoces cuál es tu pregunta —la que de verdad sostiene todo lo demás—, te invito a lo que en este espacio llamo dar el giro ciego: dar el paso, aunque todavía no entiendas del todo hacia dónde te lleva, y buscar a Dios de frente.

Después vas a entender, y vas a decir, como lo digo yo y como lo dicen tantos que ya lo hicieron: qué tarde llegué —aunque en realidad nunca sea tarde para él.

La pregunta es Dios, y la respuesta es Cristo

La pregunta es Dios, y la respuesta es Cristo, porque él y su Espíritu Santo son quienes nos revelan al Padre, al Hijo y al mismo Espíritu.

Aun cuando la carne quiere lo que la carne quiere, lo único que la carne trae es muerte: puedes darle a la carne todo lo que te pide, y seguirás vacío, triste, sin rumbo, sin propósito.

Pero cuando llegas a los pies del Maestro, te rindes ante su soberanía y dejas que su Espíritu Santo te llene por completo, entiendes lo que dice la Palabra:

“El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.”
Mateo 13:44, RVR1960

Eso es el Señor en nosotros: la esencia, el núcleo, todo.

No sigas buscando la respuesta donde no la vas a encontrar, porque lo que vino de Dios, a Dios ha de volver, y sin él no vas a tener paz —no porque él te atormente, porque Dios es bueno y no pone en nosotros tentación ni motivo de pecado, sino porque nos ama con un amor tan perfecto, tan tierno y tan puro que nuestro espíritu lo reconoce, aun cuando nuestra conciencia todavía no lo haya identificado.

No me escuches a mí. Escucha la voz del Espíritu Santo que, a través de esta palabra, te está hablando hoy.

La pregunta y la respuesta son una misma: Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En este mundo no habrá nada que llene la totalidad de tu plenitud, porque de él vino a nosotros el soplo de vida, y sin él no alcanzaremos jamás el ciento por ciento de lo que fuimos creados para ser.

Si quieres, sigue probando por tu cuenta. Pero si esta palabra ya llegó a tu vida, recíbela en el nombre de Jesús.

Decisiones con Propósito

Comparto estas reflexiones desde mi propio testimonio, desde el estudio de la Palabra y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.

Conocimiento para decidir.

Integridad para actuar.

Propósito para trascender.

Decisiones con Propósito

Una reflexión sobre identidad, conocimiento, fe, señorío de Cristo y propósito.

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