Lo que aprendí una mañana camino al colegio de mis hijos, sobre el enojo, la injusticia y el verdadero foco de la fe.
Hemos escuchado esa frase tantas veces que a veces deja de sorprendernos: pon tus ojos solo en Cristo, autor y consumador de la fe, y apártalos de los hombres — y sobre todo, de nosotros mismos, de nuestro yo interior.
Te la comparto hoy porque esta mañana, yendo a llevar a mis hijos al colegio, me pasó algo que me hizo volver a entenderla con una profundidad distinta.
Dentro de mi mente humana existen ideas de lo que me parece justo e injusto, y las injusticias —al menos las que yo identifico como tales— me generan molestia, sin duda.
Hoy, por unos minutos, casi dejé que las circunstancias de otra persona me controlaran: delante de mí iba alguien conduciendo con la paciencia del mundo, a pesar de que tenía toda la vía disponible para ir un poco más rápido.
Iba, supongo, pensando en su propia disponibilidad de tiempo, quizás sin ninguna mala intención, sin preguntarse si alguien detrás de él llevaba afán, necesitaba llegar más temprano, o había salido tarde de casa.
Tantas posibilidades, ¿verdad?
Es el mismo tipo de situación que se repite cuando alguien entra a un lugar con rampa de parqueadero y, porque le resulta más fácil bajarse ahí y caminar menos, se estaciona justo frente a la puerta, sin importarle si obstaculiza el tráfico de los demás.
Hay que esperar a que esa persona suba o baje, porque ya puso su necesidad por encima de la de todos los que vienen detrás.
Este tipo de cosas ha sido, constantemente, algo que me causa esa sensación de “qué molestia”, porque siento que los demás son egoístas, que solo piensan en lo propio y no en el de los demás.
Y hoy estaba completamente convencido de que tenía la razón sobre eso —de que la gente, sencillamente, es injusta.
Llévate el enojo, Señor
En medio de esa convicción, le oré al Señor: “Llévate el enojo, Señor, llévate el enojo, porque no debo estar enojado.”
Y es que el enojo sostenido, la impaciencia, la contienda —eso que a veces justificamos porque “el otro tuvo la culpa primero”— son parte de lo que la Escritura llama las obras de la carne, muy distintas del fruto que produce el Espíritu:
“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; de las cuales os amonesto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.”
Gálatas 5:19-21, RVR1960
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”
Gálatas 5:22-23, RVR1960
No era adulterio ni idolatría lo que me tentaba esta mañana en ese carro. Era algo de esa misma lista, aunque nos parezca más pequeño: la ira, la contienda, el juicio rápido sobre alguien que ni siquiera conozco.
Y mientras yo sostenía mi enojo con el argumento de que estaba en lo correcto, me preguntaba cómo es que no nos damos cuenta de que, precisamente por aquello que creemos justo o correcto, podemos terminar perdiendo el foco de nuestro Señor Jesucristo.
Poned los ojos solo en Cristo Jesús
Fue en ese momento que el Espíritu Santo me regaló una reflexión, y me repitió esa misma frase: “Poned vuestros ojos solo en Cristo Jesús.”
Pero ¿qué significaba eso, exactamente?
El verdadero foco
Significa que no estamos aquí para vivir bajo lo que nosotros creemos que es bueno o malo, correcto o incorrecto —y mucho menos para dedicarnos a ver los defectos y las debilidades de los demás.
Porque en el momento en que nos enfocamos en lo que nosotros creemos correcto, terminamos creyendo, sin decirlo abiertamente, que en nosotros hay rectitud y justicia propias.
Y el único justo, el único de caminos rectos, el único perfecto en todo, santo, tres veces santo, es nuestro Padre celestial y nuestro Señor Jesucristo, quien vino precisamente a presentárnoslo, tal como él mismo lo dijo:
“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?”
Juan 14:9, RVR1960
“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”
Juan 14:10, RVR1960
Pude entender, por primera vez con esta claridad, lo que nuestro Señor Jesucristo nos quiso decir cuando nos llama a alcanzar la estatura del varón perfecto, a ser mansos y humildes de corazón:
“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.”
Efesios 4:13, RVR1960
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.”
Mateo 11:29, RVR1960
Y en el contexto de lo que me pasó hoy, te comparto algo: si no hubiera recuperado el foco de mi Señor Jesucristo, me habría quedado atrapado en esas creencias auto-infundadas sobre quién hace mejor las cosas que quién, quién es más correcto que quién.
Y vale la pena recordar que solo Aquel que es perfecto en toda forma y de toda manera no vino a señalar ni a ver los errores de los demás: solo actuaba con el ejemplo, solo predicaba con sus gestos.
No iba primero a corregir a otros señalándoles sus errores; simplemente hacía lo que se supone que todos deberíamos hacer.
Y al final —con ese amor y esa paciencia— creo que todos, en algún momento, bajo circunstancias distintas y en tiempos distintos, caemos en cuenta de que hay que poner los ojos en Jesús, porque solo él tiene verdad, solo él es santo, solo él es verdadero.
Cómo se logra: la Palabra escrita en el corazón
De manera consciente —hasta que se forme en nosotros como una esencia con la que hubiéramos nacido, obra del Espíritu Santo— debemos procurar imitar a nuestro Señor Jesucristo.
Si hay alguien a quien debemos parecernos con toda intención, en toda forma y en toda manera, es a él.
Y la forma de lograrlo, hermanos y futuros hermanos creyentes, es con las Escrituras leídas, aprendidas, estudiadas y escritas en nuestro corazón, en nuestra alma y en nuestra mente, para que la palabra de Dios sea, como ya lo compartí en un artículo anterior de este blog:
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”
Salmos 119:105, RVR1960
Para que nuestros caminos sean justos y correctos —no porque nosotros lo seamos por nuestra cuenta, sino porque procuramos ser y hacer tal como nuestro Señor Jesucristo es y hizo.
Decisiones con Propósito
Comparto estas reflexiones desde mi propio caminar diario con Cristo, desde el estudio de su Palabra y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.
Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.
