¿Sabes cuál es el mapa espiritual de Jesús?
El mapa espiritual que encontré estudiando el Sermón del Monte, y lo que me costó aplicarlo la última vez que alguien muy cercano a mí me hirió.
En una frase: No basta con creer, porque hasta los demonios creen y tiemblan; lo que nos distingue como hijos de Dios no es lo que predicamos con la boca, sino lo que nuestra vida predica cuando alguien nos ofende.
Me puse a revisar cómo distinguía Dios a su pueblo, en el Antiguo Testamento, del resto de las naciones que lo rodeaban —filisteos, cananeos, moabitas, amonitas, amalecitas, cada uno con sus propios dioses.
Cuando Moisés subió al monte, Dios le entregó primero los diez mandamientos y, después, un conjunto extenso de normas de convivencia —la tradición judía las cuenta tradicionalmente en 613— que regían hasta el detalle más cotidiano de la vida de Israel: qué hacer en el día de reposo, cómo juzgar la blasfemia, cómo proceder frente al adulterio, la ley del “ojo por ojo, diente por diente”.
Esas normas eran, literalmente, la frontera visible entre ser pueblo de Dios y no serlo.
Eso me llevó a una pregunta que no he dejado de masticar: ¿cuál es nuestro mapa espiritual hoy, en este tiempo de gracia que el Padre nos regaló a través de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo?
Porque no basta con ser creyente. Ya lo he dicho antes: hasta los demonios creen.
Más que creer: hasta los demonios creen y tiemblan
“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.”
Santiago 2:19, RVR1960
Esa es, para mí, la pregunta verdadera: ¿qué nos distingue a nosotros de ellos, si ellos también creen?
Hay personas con una capacidad natural, incluso con un don genuino del Espíritu, para leer, aprender, interpretar y predicar la Palabra con una oratoria hermosa —y eso, por sí solo, no basta para demostrar que alguien es un verdadero discípulo.
Nuestro Señor Jesucristo ya lo había dejado claro cuando le avisaron que su madre y sus hermanos lo buscaban:
“Pero respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre.”
Mateo 12:48-50, RVR1960
Ser hermano, hermana o madre de Cristo no es una cuestión de parentesco ni de elocuencia: es vivir bajo la obediencia de su Palabra, en las decisiones cotidianas —familiares, económicas, en lo que elegimos ver, escuchar y practicar.
El mapa espiritual: el Sermón del Monte
Y ese mapa, creo yo, está trazado con enorme claridad en el Sermón del Monte, en Mateo capítulo 5, y se completa más adelante en los capítulos 16 y 18 del mismo evangelio.
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación… Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.”
Mateo 5:4, 6, RVR1960
“Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.”
Mateo 5:40-41, RVR1960
Ahí está ya trazada la forma en que debemos responder frente a la adversidad: no con la medida exacta de lo que nos exigen, sino yendo más allá.
Y ese principio se completa con dos enseñanzas que durante mucho tiempo yo mismo tenía mezcladas en la memoria, hasta que volví a revisarlas con cuidado:
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.”
Mateo 16:24, RVR1960
“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”
Mateo 18:3, RVR1960
Negarme a mí mismo no es una frase bonita: es, por ejemplo, que alguien me mire mal, me trate con indiferencia, o me hable de una manera que no me guste, y que mi primer impulso sea cerrar la puerta y no querer saber nada más de esa persona.
Eso no es negarse a sí mismo; es, en realidad, todo lo contrario.
Y hacerse como niño no es ser ingenuo ni carecer de entendimiento: es la capacidad de humillarnos, de olvidar rápido la ofensa —como hacen los niños—, de volver a hablarle a quien nos hirió, y hasta de pedir perdón aunque no hayamos sido nosotros quienes nos equivocamos primero.
Por sus frutos los conoceréis
“Por sus frutos los conoceréis… Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos… Así que, por sus frutos los conoceréis.”
Mateo 7:16-20, RVR1960
Cualquiera puede aprender a hablar bien, a estudiar la Palabra, a expresarla con elocuencia —la Escritura misma anuncia que en los últimos tiempos habrá, por así decirlo, mercaderes de la fe: personas con una capacidad de expresión admirable, que saben vender la Palabra, pero cuyo corazón solo Dios puede ver.
Y como nosotros no podemos ver el corazón de nadie, lo único que nos queda es observar el fruto: cómo reacciona alguien cuando lo ofenden, cuando lo traicionan, cuando abusan de su confianza, cuando le roban.
Ahí, y no en el púlpito, es donde se demuestra si Cristo vive de verdad en un corazón transformado por el Espíritu Santo.
Un testimonio reciente
Hace poco viví esto en carne propia.
Tuve una situación con una familiar muy cercana, a quien amo profundamente y por quien le pido cada día a Dios que me permita amar como él me ama a mí —a ella y a cualquier persona, sea o no de mi propia sangre, porque en Cristo tenemos una familia espiritual cuyos lazos pueden ser más profundos que los de sangre.
Al revisar toda la conversación, pude confirmar que no la ofendí, que no me enojé con palabras groseras ni fuera de lugar.
Aun así, su actitud hirió tanto mi corazón que decidí, sin pensarlo mucho, bloquearla por un tiempo que ni siquiera había determinado.
Pero el Espíritu Santo me recordó que así no somos, que así no debemos conducirnos: que sin importar quién ofendió a quién, yo soy hijo de Dios, y me corresponde negarme a mí mismo.
La desbloqueé al día siguiente, y le escribí para aclarar lo que había pasado, pero sobre todo para decirle que la quería mucho.
Hubo algo que ella me dijo que me dolió especialmente —una duda sobre a qué Dios le oro—, y lo analicé, lo hablé con otros familiares, y decidí que, fuera lo que fuera, correspondía poner la otra mejilla.
No es fácil; en nuestra propia carne, sencillamente, no se puede.
Los frutos de la carne son la contienda, el chisme, la ira, el resentimiento, el odio; si eso es lo que sigue gobernando nuestra vida, es señal de que todavía necesitamos entregarle ese espacio a Cristo, para que su Espíritu nos transforme la mente y el corazón y nos sostenga frente a toda ofensa.
“Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados.”
1 Pedro 4:8, RVR1960
El amor de Dios ha cubierto la multitud de pecados que todos hemos cometido a lo largo de nuestra vida —y seguimos cometiendo, aun caminando con él—, y aun así él nos sigue perdonando:
“Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.”
Mateo 18:22, RVR1960
Un perdón, en otras palabras, inagotable.
¿Por qué entonces nosotros no hacemos lo mismo con los demás?
Le escribí a mi familiar que la quería mucho, que oraba por ella, que estaba triste por el camino que estaba tomando, pero que esperaba en Dios que pudiera corregir en su vida lo que necesitaba corregir.
Y no insistí más.
¿Para qué guardar resentimiento?
La prédica más contundente de nuestra vida
La prédica más contundente de nuestra vida no es la que damos frente a una cámara o un púlpito: es cómo respondemos cuando la vida nos ofende.
“Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos.”
Salmos 138:6, RVR1960
“Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Lucas 23:34, RVR1960
Si nuestro Señor pudo orar así por quienes lo estaban crucificando en ese mismo instante, ¿con qué autoridad guardamos nosotros rencor por heridas infinitamente más pequeñas?
Predicar con la vida, no solo con la palabra
No soy perfecto —lo que te cuento aquí son, de hecho, dos momentos en los que me equivoqué en mi caminar con Dios, y seguramente seguiré equivocándome, porque sigo siendo imperfecto en este cuerpo.
Pero cada vez que fallo entiendo cuánto más necesito de él; si por un instante mi vida se separara del Señor, estoy perdido, aunque lleve décadas caminando a su lado, porque de mí, por mí mismo, nada bueno sale.
Reclamar mi identidad de hijo de Dios no se hace con la palabra que pronuncio frente a una cámara: se reclama en la conducta, en el momento exacto en que alguien me hiere, me miente o me traiciona.
El mapa espiritual del Sermón del Monte no está ahí para que lo prediquemos: está ahí para que lo vivamos.
Cualquiera predica bonito; no todos ponen la otra mejilla.
Decisiones con Propósito
Comparto estas reflexiones desde mi propio caminar, con sus aciertos y sus caídas, y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.
Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.
