¿Puede el dolor ser, en realidad, la forma más grande del amor de Dios?
Hoy quiero hablarte del amor de Dios en medio del dolor y del sufrimiento, porque es, literalmente, el camino que estoy transitando ahora mismo. Atravieso una situación familiar muy fuerte, con una persona que amo muchísimo y a quien le ha sido diagnosticada una condición de salud que, al menos de acuerdo con la medicina de hoy, no tiene cura conocida.
Es un dolor profundo para mi corazón, para toda mi familia y, seguramente, para esa persona y para su propia vida. Me encantaría que esta no fuera la realidad que estamos viviendo.
Hablaba hace poco con mi hermano, y él oraba pidiéndole a Dios misericordia para este ser amado —que se acordara de que, aun con sus errores, sigue siendo su hijo, porque todos cometemos errores, ya que somos imperfectos.
Es cierto, y lo comparto con él. Pero en ese mismo momento sentí la necesidad de decirle algo distinto a lo que él esperaba escuchar: que yo, lejos de ver únicamente la angustia que él veía, veía ahí la manifestación más grande del amor, la bondad y la misericordia infinita de Dios sobre nuestras vidas.
El espíritu de Dios y la confesión que lo distingue
Lo digo porque, muchas veces, por falta de conocimiento, creemos estar agradando a Dios y no es así. Amamos a Dios, lo confesamos con nuestra boca, y la Escritura es clara en que eso importa:
“En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo.”
1 Juan 4:2-3, RVR1960
Pero también conocemos a muchas personas que, aun confesando con su boca que Jesús es su Señor y proclamando todo su amor por él, viven desafortunadamente —y me incluyo, porque esto me pasó a mí igual que a muchos, durante mucho tiempo— sabiendo que Jesucristo era mi Señor y mi Salvador, confesándolo, amándolo profundamente, orando todos los días, pero experimentando exactamente lo que describe el apóstol Pablo:
“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.”
Romanos 7:19, RVR1960
Soy enormemente afortunado de haber sido visto por los ojos de Dios con toda su misericordia y amor, y de que él me haya permitido despertar, entender, cambiar, y hoy poder dar, con mis hechos y con mi vida, testimonio evangelístico de mi Dios y Salvador.
Pero sé también que hay muchos hermanos en Cristo, muchos hijos de Dios genuinos, en quienes no sucede lo mismo —no sé bien por qué: quizás por la dureza de su corazón, quizás por un conocimiento que, en lugar de guiarlos, los confunde, quizás porque no se dejan guiar del todo.
O quizás, y esto también lo creo, porque hay un propósito mayor en esa persona que, aun sin quererlo, terminará por cumplirse.
El fuego que no castiga, sino que busca
He podido ver el amor de Dios manifestarse en la angustia de nosotros, sus hijos, cuando —a causa de nuestra propia conducta, de una vida que no termina de alinearse con él— deberíamos, en justicia, ser condenados, y sin embargo somos perdonados y redimidos por puro amor.
Porque muchas personas creen que el infierno es, únicamente, un lugar de fuego y tormento con demonios. Y he llegado a entender, por la gracia de Dios, que el infierno es algo todavía más desolador que eso: es la ausencia de la presencia de Dios.
Es vivir sin su amor y sin su cercanía, lo cual quita todo sentido y todo propósito a la vida —aun cuando Dios es fiel en todo tiempo.
Y creo, desde mi propia experiencia pastoral, que muchas veces, por nuestra conducta persistentemente pecaminosa, no sentimos a Dios tan cerca como él quisiera estar —no porque él se aparte de nosotros, sino porque nuestra propia forma de vivir levanta esa distancia.
Y aquí llego a algo que, con este ser amado que hoy atraviesa esta enfermedad, he vuelto a experimentar: cuando le decía a mi hermano que, antes que la preocupación que él sentía, yo veía a un Dios amoroso, era porque entiendo que si Dios no hubiera permitido este proceso en la forma en que lo ha permitido, esta persona —de acuerdo con las convicciones con las que vivía hasta ahora, y que ella misma consideraba correctas— pudo haberse perdido para siempre, llevada por una muerte repentina.
Como tantas que todos hemos visto: alguien que, en plena actividad, sufre un paro cardíaco, o a quien le sobreviene una tragedia de un instante a otro. ¿Qué tiempo da eso para arrepentirse, para pedir perdón, para entregarle a Dios, en ese último instante, lo que no se le había entregado en vida? Ninguno.
Por eso, cuando Dios permite procesos difíciles —una enfermedad, una adversidad que a nuestros ojos humanos parece solamente cruel—, prefiero no leerlo como un castigo.
Lo leo como una oportunidad que millones de personas, en todo el mundo, no reciben, porque mueren de repente sin buscar a Cristo, sin la posibilidad de ese último instante de su vida para recibirlo, para pedir perdón y para perdonar a quien no habían perdonado todavía.
La Escritura llama a Dios, literalmente, un fuego:
“Porque nuestro Dios es fuego consumidor.”
Hebreos 12:29, RVR1960
Y he llegado a entender ese fuego no como un castigo, sino como la forma más ferviente de su amor: aquello que, cuando no logramos acercarnos a él por los lazos ordinarios del amor —la predicación, la Palabra, el testimonio de otros—, Dios permite, en su soberanía, para que no terminemos de perdernos.
No porque disfrute nuestro dolor, sino porque prefiere vernos pasar por el fuego a vernos ausentes de su presencia para siempre.
Un testimonio que llevo conmigo
Quiero cerrar con un testimonio que marcó profundamente mi entendimiento de todo esto.
Hace un tiempo, un joven cercano a la familia de un amigo muy querido sufrió un accidente de tránsito grave, viniendo de su trabajo en horas de la noche. Iba acompañado de una muchacha a quien le había prestado su propio casco por hacerle el favor de acercarla a su casa; ella falleció de manera instantánea en el lugar del accidente, y él quedó en estado de coma, con lesiones cerebrales graves, durante unos tres días.
Los médicos no encontraban explicación médica para que siguiera con vida.
En esos mismos días yo estaba atravesando, de parte de Dios Padre y de su Espíritu Santo, un momento de mucha profundidad y de mucha oración.
Cuando la hermana de este joven —muy cercana a mi propia familia— me pidió que orara con ella por lo que estaba viviendo, sentí, en medio de esa oración, algo que me costó mucho decirle: que su hermano iba a morir, pero que Dios lo estaba sosteniendo en sus propias manos, con un propósito —para que, antes de partir, lo recibiera.
No fue algo que yo planeé decir; lo comparto como lo que sentí, en ese momento, que el Espíritu Santo ponía en mi corazón para ella.
Le enviamos una oración de fe, y le pedí que se acercara a la camilla de su hermano y, aunque él no podía hablar, le hablara y orara con él esa misma oración, confiando en que, aun en estado de coma, algo en él podía escuchar.
Minutos después de hacerlo, me escribió para decirme que su hermano había fallecido.
Sentí, frente a esa noticia, un gozo profundo que no es el que uno esperaría sentir ante una muerte tan joven.
Porque entiendo —y lo comparto como mi propia lectura de lo vivido, no como un hecho que pueda demostrarse— que Dios lo sostuvo con vida el tiempo exactamente necesario para que, antes de partir, pudiera recibirlo.
Conocí después parte de su historia: un muchacho amoroso, tranquilo, buen hijo y buen hermano, que en algún momento se había alejado de la fe con la que había crecido.
Y entendí —recordando siempre que nuestro corazón es “engañoso… y perverso”, y que solo Dios conoce lo que de verdad hay en él:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.”
Jeremías 17:9-10, RVR1960
—que ningún acto de bondad, de amor o de dominio propio nace de nuestras propias fuerzas, sino del fruto del Espíritu, que solo se da cuando somos llenos de él por la gracia de Dios en Cristo:
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”
Gálatas 5:22-23, RVR1960
Dios no pierde a los suyos
Por eso, cuando eso sucedió, sentí la certeza de que ese joven había partido con Dios. No creo que fuera casualidad que muriera exactamente en ese momento, cuando los médicos ya no encontraban explicación para que siguiera con vida.
En Dios no hay pérdida real para quien le pertenece; solo hay ganancia.
Y esto no es, de ninguna manera, un permiso para vivir despreocupadamente en el pecado confiando en que al final Dios nos va a salvar de todas formas —porque Dios mira la intención del corazón, y hay personas que, aun presas de una adicción o de un hábito del que no logran liberarse por tantas razones que nosotros desconocemos y que solo Dios conoce, tienen un corazón que, de una manera que escapa a nuestro entendimiento, sigue perteneciéndole a él, aunque no hayan encontrado todavía el camino para soltarse por completo en sus manos.
Jesús mismo nos enseña cómo tratar a un hermano así: no desde el juicio ni la condena, sino desde la reconciliación.
“Cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio… Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.”
Mateo 5:22, 25, RVR1960
No conocemos lo que hay en el corazón de cada persona —eso le pertenece solamente a Dios.
A nosotros nos corresponde amar profundamente, orar los unos por los otros, y confiar en que es Dios quien añade a la salvación a quienes han de ser salvos.
Decisiones con Propósito
Comparto estas reflexiones desde mi propio caminar, en medio de un dolor que hoy es real y presente en mi familia, y desde mi convicción de que el conocimiento adquiere verdadero valor cuando se pone al servicio de otros.
Conocimiento para decidir.
Integridad para actuar.
Propósito para trascender.
